Speechless!

Speechless!

Por Álvaro

La manera en la que EE.UU. ve al fútbol es, cuando menos, insultante y en especial para quienes lo vivimos con la pasión que corresponde.

Jorge Valdano dijo hace tiempo que “el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”. La frase, aunque está bien gastada, no deja de ser buenísima porque le da un lugar sensato, pero todavía solemne al deporte más popular entre los 7 mil millones de individuos que ocupamos el planeta. Todo bien con quienes lo cuestionan porque se volvió un negocio de corruptos, porque uno no debe apropiarse de triunfos ajenos, o porque homogeniza a las masas (motivos más que acertados), pero difícilmente haya una metáfora de vida más consistente y absoluta que el fútbol para explicar la historia y la sociedad en la que vivimos. Ahora bien, hay que decirlo, ninguna de estas licencias ni romanticismos aplican ni poquito para los gringos que, por razones no tan futboleras (léase plata), son anfitriones por estos días de la Copa América Centenario.

Como máxima potencia y piedra angular de las industrias culturales de occidente, los queridos (y odiados) gringos tienen su propia agenda deportiva y, se sabe, que se revuelcan de emoción con el baloncesto, el béisbol y, sobre todo, el fútbol americano, el cual (oh, the irony), se juega con las manos. Por eso al fútbol le dicen “soccer” (una abreviatura británica de “Associated Football” que pasó a ser “Assoccer”) y su importancia está a la altura de la película del perro futbolista que pasan los domingos en Caracol durante el prime-time de las 11 de la mañana. La película, con más secuelas que “Rápido y Furioso”, se llama “Soccer Dog, the movie” y explica perfectamente la trivialidad con la que los gringos ven al fútbol.

En el país del Mariscal de Campo, la cheerleader, la Reina del prom, el nerd, el geek, el callado, el peladito que casca a los compañeros y el resto de estereotipos que nos enseñaron Los Simpson y The Breakfast Club, ser futbolista no es propiamente un éxito. No es “el sueño del pibe” de los argentinos; no es el camino para escapar de la pobreza en Brasil, o de los paramilitares en Colombia. En EE.UU. no se llega a ídolo siendo futbolista. Quienes más se acercan a serlo, de hecho, son las jugadoras de la selección femenina. Hope Solo, Alex Morgan, o años atrás Amy Wambach o Mia Hamm. Y pare de contar. Para un estadounidense, el fútbol es de niñas o, por mucho, de niños. Y, por añadidura, de “Soccer Moms”, una inspiración clave del cine para adultos y que responde a un grupo poblacional de mamás buenonas que acompañan a sus hijos a partidos y entrenamientos, y ocasionalmente dejan la puerta abierta a algún amorío extramatrimonial con el entrenador.

Leonardopromete muchos touchdowns

Leonardo promete muchos touchdowns

Eso sí, toca admitir que los gringos tienen una selección bastante competitiva (Tim Howard, Michael Bradley, Clint Dempsey) y una liga hasta interesante: la MLS (Major League Soccer), de notable crecimiento en los últimos años por contratar jugadorazos veteranos que suben el nivel, caso Andrea Pirlo, David Villa, Steven Gerrard, Raúl, Giovinco o Kaká. Sin embargo, pareciera que los partidos de la MLS se viven con la misma intensidad que en la película del perro futbolista. Cuando un equipo gana, los jugadores celebran, cantan, se abrazan y después se toman fotos muertos de la dicha. Pero el problema es cuando pierden, porque (WTF?) pasa exactamente lo mismo. Como hincha suramericano del fútbol raspador y con hambre, a uno le hierve la sangre ver tanta tibieza. Todo está muy mal cuando (OMG) en el fútbol una victoria y una derrota dan exactamente lo mismo.

El fútbol sin pasión es un programa más de televisión y parece que los gringos así lo sienten, aun cuando la afición ha crecido. No hay una cultura de fútbol, pero pareciera que se están sentando unos nichos, unas raíces. En pubs de Manhattan y Brooklyn no es raro ver a decenas de neo-futboleros tipo hipster bajando pola un domingo por la mañana, mientras ven emocionados algún partido de la Premier League y justifican su afición por el Liverpool, porque en los 80’s los hinchas (LOL) insultaban a Margaret Thatcher. Por ejemplo, gringo que se respete no recuerda que su país organizó un Mundial de fútbol en 1994. Hoy la historia es diferente y pese a que la afición por el fútbol sigue en pañales, parece estar fortaleciéndose. Destaquemos también el caso de los hinchas del Seattle Sounders, que han sido en varias ocasiones los más fieles en todo el continente, por encima de los de River Plate, América de México, Chivas de Guadalajara o Flamengo, con promedios de asistencia que superan los 65 mil espectadores.

A propósito de este nicho en crecimiento, la Copa América Centenario cae como podadora de césped para jubilado de guerra. Seguro habrá espectáculo porque estará Messi, Di María, Alexis Sánchez, Luis Suárez, James, Bacca, Coutinho, Paolo Guerrero, Godín, Vidal, Cavani y hasta Chicharito. Mejor dicho, casi todos los cracks del continente. Y obviamente siempre dará gusto verlos jugar. Pero, sobre todo, es una sabrosísima oportunidad de negocio y se sabe que las almas caritativas de la FIFA estarían dispuestas a agarrar a patadas a la mamá con tal de facturar una platica. Nótese cómo estuvo de blindada la Copa América Centenario que ni el “FIFA-Gate” (que tumbó a Blatter, Platini, Leoz, Bedoya y las vacas más sagradas de la dirigencia) frenó la realización de este aparatoso torneo que se cruza con la Eurocopa y, casi, con los Juegos Olímpicos. Así por encima se espera que el espectáculo veraniego mueva unos 500 millones de dólares y que asistan hasta 2 millones de personas a los 32 partidos del torneo. Y todo esto, para cosechar afición pensando en el Mundial de 2026. ¡Business, papá!

El fútbol en EE.UU. sigue siendo un deporte de Soccer Moms, el gringo promedio aún lo ve con extrema trivialidad, pero las marcas están al acecho de convertir sus crecientes nichos de afición en un asunto masivo. A la espera de saber si su lavado de cerebro mercantil (marketing brainwash) va a surtir efecto, como futbolero y colombiano que soy celebro el debut con victoria de Colombia, justamente ante Estados Unidos. Imperdonable perder contra un equipo que no le dice “fútbol” al fútbol. Con la derrota que tuvimos en 1994 fue más que suficiente.

Publicado en Shock

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