Con ustedes, directo desde Saurópolis, Max Caimán

Por Álvaro

Pareciera que Colombia va a volver a un mundial. La mentalidad es la correcta, las individualidades saltan a la vista, el equipo funciona bien y se anotan muchos goles. En consecuencia, aunque lo prudente es ir paso a paso para evitar eventuales decepciones, todo indica que después de 16 años la selección volverá a figurar en las páginas de un Panini. No obstante, si no llegara a ocurrir, bien puede ser a causa de toda la sal derramada por este post en el que recordamos una de nuestras máximas manifestaciones de estupidez triunfalista. Hablo de un lagarto surgido hace dos décadas de las entrañas de alguna mente retorcida del márketing criollo: el pintoresco Max Caimán.

No sabemos si esto de la sal existe o no. Puede ser real o simplemente un rumor. Este espacio, por ejemplo, la invocó hace unos meses rememorando las plantillas de nuestro prócer del micrófono Hernández Bonnet, pero, por suerte, el fútbol actual del seleccionado supo esquivar aquella poderosa descarga de cloruro de sodio y la racha exitosa del equipo de José siguió fuerte y firme. Por eso, desde esta tribuna cruzamos los dedos, incluso de los pies, para que esta entrada no dinamite el buen camino. Ahí va…

En la primera mitad de 1994, poco antes de que el país cometiera el despropósito de elegir Presidente a Ernesto Samper y de ver cómo el seleccionado naufragaba en EE.UU. ante los zarpazos de Hagi, Raduciuiu y Wynalda, un lagarto (real, no como Poncho Rentería o ese presentador de TV que hoy es Embajador en México) es transportado desde el prehistórico “Saurópolis”, con tal infortunio de aterrizar en el peor destino turístico del sistema solar: la Tierra.

Max Caimán y su guayabera durante una charla técnica de la selección

La misión del reptil, conocido como “Agente MC2” era clara: conformar un equipo de fútbol para enfrentar al del malvadísimo “Nikolai Líos” (cualquier parecido de este nombre con la realidad no es pura coincidencia) y así evitar la esclavitud del Universo. Al llegar al Planeta, en un callejón de Nueva York el 5 de septiembre de 1993, lo primero que MC2 encontró fue a un hombrecillo en elevado estado de alicoramiento que, ondeando una bandera colombiana, celebraba el rimbombante 5-0 ante Argentina en el cierre de la eliminatoria al mundial de Estados Unidos.

Siguiendo la epifanía de haberse topado con el borrachín chibcha, el lagarto se desplaza hacia la desolada Colombia no sin antes ser interrogado por unos policías. Sorprendido, MC2 apenas logra balbucear lo que escuchó del aguardientoso hincha: “Colombiaaa, lo máááx”, ante lo cual la policía lo llamó Max. -No me culpen. Así es la historia: mala y con ganas-

Max y el hincha que celebra en Nueva York el 5-0. Muy creíble y coherente (?)

Luego de 3 meses radicado en Barranquilla, Max se apropió de sombrero vueltiao, guayaberas, pantalonetas y centró su atención en el gran Carlos Valderrama, conductor por ese entonces del Junior y la selección Colombia. Una noche se le apareció y le predijo que, en diciembre, Junior iba a salir campeón con un gol de Oswaldo McKenzie en el descuento tras asistencia suya. Cuando sucedió, Max se ganó la confianza de El Pibe.

Después de que Pacho y Bolillo accedieron al reto intergaláctico del malévolo Nikolai (poner a jugar a la selección contra su equipo de alienígenas), el futuro partido de fútbol para evitar la esclavitud eterna del Universo fue noticia mundial. Surgieron entonces postales tan desquiciantes, como la de Claudia Schiffer y El Chonto Herrera en supuestos amoríos, como la de John Jairo Tréllez reaccionando con sorpresa ante los requerimientos amatorios de Madonna, como la de Leonel Álvarez y Gorvachov hablando de geopolítica marxista y la de Valenciano y Axl Rose mirándose mal no sé por qué. Todo esto, como anticipo del promocionado partido por la salvación de la Tierra y el Universo que iba a tener lugar en Saurópolis (Planeta de Max). Colombia iba a jugar de visitante.

Claudia Schiffer y el Chonto Herrera, Tréllez y Madonna, Leonel, Gorbachov y Yeltsin, y Valenciano y Axl Rose.

Luego del cuántico recorrido para el que hubo que transportarse 65 millones de años atrás, la selección enfrentó a los robots del ignominioso Nikolai Líos. Rápidamente, los alienígenas se pusieron en ventaja, levantaron a patadas a los colombianos, e incluso los sometieron a una serie de ataques mentales que produjeron, sí señores, un autogol de Andrés Escobar (predicción con tintes macabros toda vez que anticipa el motivo que habría causado su muerte). Al cierre del primer tiempo, un 15-0 a favor de los musculosos monstruos robóticos en pantaloncillos anticipaba una lenta e inevitable agonía para la especie humana.

Pero como esto se trata de una historia de mentiritas, donde el patrocinador del seleccionado buscaba llenarse los bolsillos con la sobredimensión de las capacidades de El Pibe, Rincón, Asprilla y compañía, el segundo tiempo de este partido tiene un desarrollo heroico, Colombia igualó el marcador adverso y, gracias a un gol de El Tren Valencia al final, los nuestros se impusieron a los robots de Nikolai por 21-20. Así las cosas, un marcador de partido de ping-pong al mejor estilo de un guión de Dago García terminó concretando la salvación de la Tierra.

El gol del Tren y el 21-20 final

De Max Caimán surgió un álbum de laminitas (que se apareció lleno en una caja post-trasteo dentro del clóset de quien escribe esta entrada), muñecos, lápices, botones, copitas pa’ tomar guaro y toda suerte de infortunados souvenirs que sin duda hicieron lo suyo para ayudar a rebosar la copa de nuestro triunfalismo y que terminaron anticipando un horripilante desempeño de los nuestros en el mundial de EE.UU. 94. Allí, la selección de Pacho sumó 2 derrotas, una victoria desteñida cuando ya estaban fuera, una eliminación en primera ronda y la eventual pérdida de la vida de un ídolo, con lo cual se archivó por completo la figura de este absurdo mamarracho, que cayó de barriga sobre el entusiasmo desbordado de un pueblo futbolero, el cual nuevamente volvió a triunfar en el fracaso.

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