Millonarios campeón

Y al vigésimo cuarto año se rompió el maleficio

Por Álvaro

The Truman Show, un peliculón por donde se le mire, termina cuando Truman Burbank descubre que su vida es un Reality Show, que su mundo es un estudio de TV gigante y que su familia y amigos son actores contratados que pasan RUT y cuenta de cobro a final de cada mes. En la última escena de la película, luego de que el personaje se alista para enfrentar al mundo real, toda la gente que estuvo por años siguiendo su vida minuto a minuto al otro lado de la TV se pregunta al unísono: “¿y ahora qué?” Bueno. Eso me pasa con Millonarios. Después de recobrar la cordura perdida hace unas horas por culpa de un título que se demoró 24 años en regresar, me hago la misma pregunta. ¿Y ahora qué?

No soy de familia futbolera. De hecho, vengo de un matriarcado. Entonces aprendí a bajar la taza del baño después de orinar, pero nadie me inculcó el gusto por el fútbol, al que igual le cogí cariño a los 6 años cuando Freddy Rincón empujó un balón entre las piernas de Bodo Illgner en Milán. Pero de Millos, sólo me hice hincha hasta los 10 cuando en Bogotá le ganaron 3-1 al América (con goles de Osman López, Pony  Maturana y Carlos Rendón) en la definición por el título, que terminó conquistando Nacional de forma agónica en un partido que se jugaba en simultáneo. Desde ahí, casi todo lo que recuerdo de Millonarios se basó en masticar tristezas.

Colombiano e hincha de Millonarios. Peor imposible. Mientras Garavito, Pablo Escobar, Juanes y otros íconos de la maldad se posicionaron como representantes de mi país en el mundo, veía cómo Chiquito Benítez, Obelar, Lobinho, Briceño y Boyero simbolizaban semanalmente el fracaso de mi equipo de fútbol. Supuse entonces que la tasa de suicidios mundiales se disparaba los domingos porque en cada país del mundo debía haber un Millonarios con jugadores tan malos que, luego de cada partido, inspiraban a sus hinchas a no seguir viviendo.

Millonarios campeón

Fin de la espera. La 14 ya no es sólo un supermercado en Cali

Pero el 16 de diciembre de 2012 todo cambió. Después de que comenzaba a repetirme la película de la eliminación de Sudamericana ante Tigre, Luis Delgado se paró bajo su arco en la definición por penales y, recargándose al palo izquierdo, hizo morder el anzuelo al juvenil Andrés Correa, quien, con un cobro cantado, pateó hacia esa esquina y relegó su repulsivo corte de pelo a un segundo plano. Delgado casi ni se estiró, atajó el cobro y Millonarios… sí… volvió a ser campeón. A riesgo de sonar sobreactuado y sabiendo que Járol Martínez no me va a regalar lo del arreglo de la tubería que se dañó en mi casa, cabe decir que, como hincha de fútbol, fue el día más importante de mi vida.

Por fin, esa mentalidad que imparte la religión, de sufrir, joderse y sacrificarse para obtener redención, tuvo sentido. ¡Por fin! Ese grito que estuvo atragantado por 24 años pudo escaparse del esfófago de los hinchas y Millonarios conquistó su esperadísimo decimocuarto título. El camino lo inició una dirigencia honesta, lo continuó Richard Páez, lo pulió Hernán Torres y lo materializaron un grupo de jugadores que, desde ya, pasan a la historia del nuevamente más veces campeón del fútbol colombiano.

Pero luego de perder la voz, de aguar los ojos, de abrazar a los amigos, de hacer parte de la turba iracunda que vio al equipo desfilar en carro de bomberos, de escapar al gas pimienta que lanzó la policía sobre la Carrera 30, de repetirme el partido 2 veces y de oír a Carlos Antonio Vélez decir que Bolillo Gómez merecía ser campeón, surge la pregunta: ¿ahora qué? Tras descabezar la maleza de los Chiquis Garcías y los Juan Carlos López, de ahuyentar a los Boyeros, los Briceños, los Javieres Álvarez y las goleadas en casa ante Envigado… ¿ahora qué?

Soy de los que creen que en la vida hay que tener pocas expectativas para amortiguar las decepciones. Por eso, es mejor no esperar nada. Pero, al igual que en The Truman Show, un mundo nuevo se pone en frente y depende de la institución enfrentarlo. Por eso, en esta vida que suele parecerse a un Reality  malísimo escrito por libretistas de Padres e Hijos, vale la pena disfrazarme de optimista por una vez, armarme de buenas expectativas y creer que es posible mantener la mentalidad ganadora, no terminar de 15° el próximo semestre, conformar una nómina sólida con un 9 goleador a bordo, dar la pelea en la Libertadores de 2013 y que el equipo pueda acostumbrarse a dar vueltas olímpicas locales en un fútbol donde, siendo sentados, cualquiera sale campeón. O si no pregúntenle al Cúcuta o al Chicó.

Hernán Torres

Insólito, pero cierto. A Hernán Torres se le vio sonreír

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